Con la llegada de Halloween, en muchos peques el miedo a los monstruos aparece o se reaviva.

Cuando vemos a nuestros hijos e hijas pasar miedo, tendemos a consolarles con un “no pasa nada” o un “los monstruos no existen”… Expresiones que pueden ser contraproducentes.

Sí que pasa: el miedo es real

Cuando le decimos a las criaturas “no pasa nada” estamos invalidando sus sentimientos.

Cuando se dan un golpe, les duele. Cuando tienen miedo, necesitan volver a sentirse a salvo. Cuando están tristes, necesitan consuelo. Igual que los adultos.

Los estímulos necesarios para que ellos tengan esas emociones son menos intensos, porque cuando somos pequeños somos fundamentalmente emocionales, y todavía no hemos aprendido a racionalizar nuestras emociones, ni nos hemos expuesto suficiente a esas situaciones como para saber que no son peligrosas, preocupantes o graves.

Pero aunque el estímulo no nos parezca importante, la emoción sí que lo es. Es intensa, es real, y requiere del apoyo adulto para ser manejada: es de esa forma como vamos aprendiendo a regularla, gracias a las personas mayores de nuestro entorno cuyas reacciones imitamos, y cuyas explicaciones interiorizamos.

El miedo es muy útil

El miedo tiene una función, como todas las emociones. Es una forma de que permanezcan alerta, y de que, desvalidos como están todavía, busquen la protección adulta.

Negar la importancia del miedo es negarle a la criatura su capacidad de detectar cuándo una situación es peligrosa y necesitan ayuda: un mecanismo maravilloso que les pondrá a salvo en el futuro, aunque todavía tengan que ir ajustándolo.

Para acompañar ese miedo de manera constructiva, podemos trabajar en dos direcciones.

Estás a salvo: estoy aquí

La primera es reforzar la idea de que cuentan con esa protección. De que estamos pendientes de sus necesidades y les vamos a mantener a salvo.

Trabajar con ellos en esa seguridad es una forma de que si el miedo se transforma, dirigiéndose hacia otro objeto (la oscuridad, los payasos…), sigan teniendo el mismo recurso (porque la oscuridad sí que existe; y los payasos, aunque no sean malvados, también). Estamos dándoles una herramienta útil para el futuro.

Además, estamos reforzando el vínculo. Demostrarles que tenemos sensibilidad hacia cómo se sienten hará que vuelvan a buscarnos cuando necesiten ese papel de regulación emocional que las figuras de apego debemos jugar para que las criaturas vayan aprendiendo a gestionar sus sentimientos.

Valiente es quien se enfrenta al miedo, no quien no lo siente

Una vez que se sienten seguras, las criaturas pueden poner todos sus recursos a funcionar.

Si lo hacemos al revés las posibilidades de éxito son mucho menores… Algo que también nos pasa de adultos: ¿cuándo das lo mejor de ti, cuando te sientes a gusto o cuando te asalta la inseguridad?

Con la garantía de que no se enfrentan a solas a ese miedo, pueden ir entrenando su valentía.

Si tienen miedo a la oscuridad, podemos acompañarles a que enciendan por sí mismos la luz del pasillo o la habitación, y felicitarles por ese pequeño mal rato que han pasado cuando aún estaba a oscuras.

Si el problema son los monstruos o cualquier otra entidad imaginaria, mucho mejor que un “no existen” es enseñarles a cambiar sus pensamientos: de lo que les da miedo a lo que no. Demostrarles que pueden enfrentarse a ese monstruo que les aterra y ganar.

¿Cómo trabajar el control del pensamiento en la infancia?

Controlar los pensamientos es una habilidad difícil de adquirir; por eso puede ser interesante trabajarla desde bien temprano, cuando somos más flexibles.

Y es que tendremos que pelear con el efecto “Elefante rosa”, que suele ser bastante conocido. La mente no trabaja bien con las negaciones: “no pienses en un elefante rosa” produce inmediatamente el efecto paradójico de hacernos pensar en uno.

Si le decimos a una niña o un niño “no pienses en los monstruos”, no podrá dejar de hacerlo.

Lo que sí podemos enseñarles es a cambiar ese pensamiento por otro, o a cambiar la forma en que aparece.

Un cuento para perder el miedo a los monstruos (o a cualquier otra imagen terrorífica)

Un libro muy útil para trabajar esta habilidad es Fuera de aquí, horrible monstruo verde, de Ed Emberley.

A lo largo de sus páginas, un monstruo va a apareciendo, haciéndose cada vez más concreto y detallado. Pero también podemos hacerle desaparecer, detalle a detalle: primero el pelo, luego las orejas, sus temibles dientes, sus ojos amarillos y brillantes…

Basta con decirle que se vaya para que el monstruo desaparezca y volvamos a sentirnos a salvo.

Este cuento demuestra muy bien el poder de la imaginación para construir y deshacer imágenes que nos dan miedo, además de potenciar la asertividad.

¿Y en vuestra familia, qué recursos tenéis para enfrentar los miedos?

Vega Pérez-Chirinos

Soy Vega Pérez-Chirinos, y he fundado el espacio que eché en falta cuando estaba embarazada. Un lugar donde encontrar información contrastada, que ofrezca opciones para ajustarse a las necesidades de todas las familias y sus miembros, sean como sean.
Soy graduada en Psicología (UNED) y especialista en Psicología perinatal (IESMP).
Si quieres saber más sobre mí, puedes conocerme mejor en Quién soy (en el menú Contacto).

2 comments on “Miedo a los monstruos: ¿qué hacemos?

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