Cuanta más capacidad tengamos para naturalizar las emociones, incluso las desagradables o las que tienen mala fama, más fluidas serán las transiciones familiares, por complejas que resulten.
Todas hemos sido mejores madres antes de ser madres. En esa maternidad ideal no había lugar para las dudas. No había necesidad de hacer hueco a las excepciones. No había cansancio, no había frustración.


