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Durante mi periodo de formación en psicología perinatal, tuve una tarea consistente en observar una díada madre-bebé. La familia que me permitió observarla tenía otro hijo, de dos años, y en un momento dado la madre me comentó que se sentía mejor madre de niño que madre de bebé.

Le he dado muchas vueltas a ese comentario, porque creo que enlaza muy bien con una de las dificultades que encontramos a menudo cuando nos implicamos en la crianza: la de aprender a “no hacer nada”.

Los tiempos en la crianza tienen una cualidad totalmente diferente a la de los tiempos en la sociedad del rendimiento en la que estamos inmersos.

Vivimos en una época en la que el mandato de la productividad se nos ha incrustado hasta el fondo de nuestros seres. Queremos ser continuamente mejores. Nos formamos permanentemente. Nos informamos a través de las redes y recibimos estímulos a todas horas, desde cualquier parte. Nos exigimos reaccionar a ellos: formarnos opiniones y compartirlas a toda velocidad.

En el trabajo, se nos exigen resultados que muestren una trayectoria de mejora continua. Vemos cómo las empresas no quieren tener buenos resultados, sino mejores que los del ejercicio anterior. Vivimos una auténtica obsesión con la idea de progreso.

Esto termina reflejándose incluso en nuestra forma de divertirnos. Leemos, escuchamos música, vemos películas o series de forma casi compulsiva. 

No existe una crianza productiva

Por el contrario, el tiempo de criar es lento, pausado. Los días parecen idénticos. Los bebés esperan de nosotros que estemos ahí, sin más. Que les acompañemos. Que atendamos unas necesidades tan básicas como las de alimentación, cuidado y contacto.

Y nos sabe a poco.

Nos cuesta encontrar realización en ese simplemente “estar”. En ese dejarse ir. En ese lento deslizarse de las horas, en los silencios. En el no consumir (información, cultura, entretenimiento), en el bastarnos a nosotros mismos.

Considero que para las madres recientes esta es una de las fuentes de frustración más difíciles de detectar y que, sin embargo, más van mermando la autoestima. Nos alejamos de nuestras trayectorias laborales, nos alejamos de nuestras frenéticas vidas sociales, y sentimos a nuestro alrededor un vacío que no es tal.

No somos capaces de valorar la inmensidad de esos momentos, lo imprescindible de esa pausa de la vorágine en la que nos hemos acostumbrado a vivir.

Buscamos indicadores de progreso, nos obsesionamos con el desarrollo de las criaturas y nos marcamos listas infinitas de tareas, incluso aunque nos enfoquemos “solo” en la crianza: todo aquello que deberíamos hacer para que el hogar esté impoluto, para estimular ese desarrollo, para convertirnos en mejores madres.

Y no hace falta.

Lo que necesitaríamos es dejar de mirar el futuro, dejar de buscar ese progreso, y mirar al ahora. En calma. Ese es uno de los grandes aprendizajes que nos aporta la crianza, aunque la forma en que choca frontalmente con el resto de dimensiones de la vida hoy día nos haga sentir que es una forma de inadaptación al resto del mundo.

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