
¿Qué hacer cuando un nuevo bebé trae celos bajo el brazo?
La periodista todoterreno Puri Ruiz lanzó por redes un globo-sonda: ¿qué opina realmente la psicología sobre los celos entre hermanos?
Me gustó tener la ocasión de hablar con ella sobre el tema porque este es uno de esos grandes mitos en los que la actitud de las adultas es, con mucha frecuencia, gran parte del problema. La buena noticia es que cuando está en nuestras manos tenemos mucho margen para cambiarlo.
Insistir en que el o la mayor tiene que hacerse cargo del bebé porque ahora tiene muchas responsabilidades con su nuevo rol familiar es un comentario típico y bienintencionado pero totalmente dañino. La criatura, si nos toma en serio, se puede ver abrumada. Pero incluso si no nos entiende (que es lo habitual a ciertas edades) lo que sí que se condiciona desde aquí es nuestra forma de mirarla: terminamos pidiéndole una madurez que a menudo no ha tenido tiempo de desarrollar.
Otra cosa que pasa con frecuencia es que atribuimos a las criaturas una complejidad cognitiva que no tienen. Ponemos en sus bocas palabras que no han dicho y construimos interpretaciones que en ocasiones aún ni siquiera tienen capacidad de hacer. “Uy, cómo se le notan los celos…” ¿Cómo sabemos que son celos?
Por supuesto que pueden sentirse confusas y desplazadas. De hecho, a ciertas edades pocas experiencias son tan aterradoras como perder la atención de nuestras figuras de apego principales, porque dependemos totalmente de ellas para sobrevivir. Que insistamos en que las conductas que se despliegan desde aquí para recuperarla son malvadas es algo que puede deteriorar el vínculo: es fundamental que aprendamos a ver con compasión la necesidad de nuestra atención, aunque no siempre podamos prestársela o aunque tengamos que enseñar a pedirla de otra forma.
Eso no quiere decir que odien al miembro recién llegado a la familia. Pueden quererle mucho, pero normalmente es una decepción grande: su hermano o hermana, a quien esperaban para jugar, ha resultado ser un aburridísimo bebé con el que no pueden interactuar si no es con una delicadeza que su motricidad muchas veces todavía no les permite tener, al menos no todo el tiempo.
Es más: incluso habrá quienes sí lo sientan y lo digan abiertamente. ¡Y menos mal! ¡Qué buena señal es esa! Una criatura que puede expresar abiertamente sus emociones desagradables e impopulares es una criatura que se siente a salvo en su familia, que es un factor protector de bienestar psicológico.
Nos toca a las adultas de la familia estar a la altura de nuestra importantísima función de regulación emocional: poner palabras a las emociones que les resultan abrumadoras, reconducir las formas de expresión que pueden hacer daño, encontrar formas alternativas de cubrir las necesidades que están detrás de esas conductas que tan problemáticas nos resultan… y controlar los comentarios bienintencionados pero dañinos de quienes nos rodean. “¡Qué va a ser su responsabilidad! ¡Su responsabilidad es crecer y jugar! Al bebé le cuidamos las mayores, igual que hicimos con el bebé anterior y seguiremos haciendo” puede ser lo único que una criatura descolocada necesita escuchar.
Etiqueta:colaboraciones, hermanos, prensa, regulación emocional

1 comentario