
No hay dos crianzas iguales (en una misma familia tampoco)
El otro día hablando con unas amigas comentaba la necesidad que siento a veces de tener otro hijo “para aprovechar lo aprendido”. Una de ellas me recordó lo falaz que es este deseo, porque por más que hayas aprendido… la situación será tan distinta que ese aprendizaje no te garantiza nada.
El cambio de un hijo a dos: ¿qué hemos aprendido?
Eso me llevó a recordar a varias bimadres que conozco que insisten en que el salto más difícil no fue de no tener hijos a tenerlos, sino de tener uno a que fueran dos.
A menudo desde la bimaternidad se expresa ese deseo de repetir, con más sabiduría, lo que se hizo cuando una era primeriza.
Y a veces, la frustración aparece justamente por no poder ofrecer a la segunda criatura lo que se ofreció a la primera: “con la mayor hice…”; “al mayor le dimos…”.
El problema es que ese punto de vista tiende a convertirse en un juez muy poco benevolente: es un modelo mental que ayuda muy poco (y se entromete mucho).
En comparación con esa primera crianza, siempre estás en falta: no ofreces tanto tiempo en exclusiva, no tienes unos criterios tan firmes, no te preocupas tanto por ciertas cosas… Raro es que el mensaje sea el contrario: ahora pasamos más tiempo todos juntos, ahora somos más flexibles, ahora tenemos otra perspectiva. Cuando es probable que sea igual de cierto.
No tenemos tanto tiempo, pero tenemos más recursos. No estamos en exclusiva, pero tienen hermanos o hermanas. La situación es totalmente distinta, para bien y para mal, con sus luces y sus sombras. ¿Por qué las medimos con la misma vara? ¿Por qué nos empeñamos en igualarlas, cuando es imposible?
Opiniones no solicitadas: ¿qué pasaría si te lo dijera una desconocida?
Cuando entramos en la maternidad como primerizas, recibimos constantemente consejos no deseados que vivimos como mandatos. Aunque tengamos claros nuestros criterios, nuestras decisiones y los motivos detrás de estas, no es raro que cuando las opiniones ajenas no coinciden con lo que venimos haciendo aparezca la mirada que nos juzga, la culpa que nos pesa.
Como en todas las áreas de la vida, nos comparamos con quienes creemos que están mejor y no con quienes están peor. Nos ponemos un estándar más y más elevado, sin fijarnos en nuestras circunstancias, en nuestras capacidades (que pueden no ser esas, ¡pero serán otras!), en nuestra realidad.
Cuando somos madres a tiempo completo, nos fijamos en las que trabajan fuera. Cuando conciliamos, nos fijamos en las que tienen la casa impoluta. Cuando vamos al parque vemos a los peques que corren más o a los que hablan mejor. Cuando entramos en las redes, vemos todos los planes en familia que nosotros aún no hemos hecho. Miramos siempre lo que nos falta, nunca lo que tenemos, lo que hemos hecho. Las dudas y miedos y no las certezas y herramientas.

Nunca nos fijamos en el estrés que acompaña a todas esas familias perfectas en un momento u otro: la que tiene trabajo se derrumba en la puerta de la escuela infantil a primera hora de la mañana; la que se queda en casa siente que el aislamiento va a poder con ella cuando a media tarde todavía no ha hablado con otra persona adulta; la que cuenta con ayuda en casa siente que debería aprovechar ese “tiempo extra” para un proyecto personal que hace años que tiene guardado en el cajón y la que ha conseguido reservar un espacio propio se siente culpable cuando de cenar sirve un plato precocinado…
Y absolutamente todas las familias se enfrentan a las rabietas infantiles, a las “huelgas de hambre”, a los conflictos entre criaturas y a las discusiones entre adultas porque no hay acuerdo en cómo hacer todas estas cosas.
Todas hemos sido mejores madres antes de ser madres. En esa maternidad ideal no había lugar para las dudas. No había necesidad de hacer hueco a las excepciones. No había cansancio, no había frustración.
Algunas cosas que recordarle a esa jueza interior
Olvidamos que en la crianza real no todo depende de nosotras: como en cualquier otra relación, hay otra parte implicada a la que se nos olvida mirar. Nuestras criaturas no son iguales entre sí, igual que las adultas a menudo no tenemos mucho que ver unas con otras. Lo que funcionó con la primera puede ser justo lo contrario de lo que necesita la segunda.
Olvidamos también que las circunstancias varían. Quizá en tu primera crianza te sentiste muy sola y ahora tienes una red; y contar con ella puede hacer que muchas cosas cambien, tanto porque cuentas con más apoyo como porque tendrás que soltar el control y confiar en quienes la forman, asumiendo que harán las cosas de forma distinta. Quizá tu primera crianza te pasó factura económica y ahora quieres empezar a conciliar un poco antes; o al revés, quizá prefieres probar a estar más presente en casa y desconectada de lo laboral en esta ocasión.
Seguramente en vuestra primera crianza tu pareja y tú no os conocíais como padres o madres y os ha costado ajustaros: eso puede hacer que en la segunda discutáis mucho más, porque ya tenéis ciertas expectativas, pero también que tengáis más recursos para solventar esas discrepancias. O a la inversa: que después de una primera crianza conflictiva ahora sepáis que formáis un buen equipo y todo fluya con más armonía.
En la crianza damos consejos con bastante ligereza, olvidando que lo que funciona en una familia no funciona en otra. Nos defendemos de esas opiniones no solicitadas recordando que nuestra familia es distinta, pero, cuando nuestra familia ha cambiado, ¿somos capaces de aportar esa misma perspectiva?
No nos convirtamos en esa figura que nos juzga y aconseja sin escuchar: ni siquiera de puertas para dentro.



